México: Bicentenario de la Independencia Nacional
y primer Centenario de la Revolución Social.
Presentación del Embajador José Luis Bernal, Embajador de México en la República Checa, ante la Sociedad Iberoamericana de Praga.
Universidad Carolina de Praga
3 de marzo de 2010.
Hoy quisiera profundizar en dos momentos históricos que han definido el devenir de México los últimos dos siglos: la Independencia que se gesta que se gesta desde mediados del siglo XVII y se consuma en los albores del siglo XIX; y la Revolución, cuyas raíces se remontan al momento mismo de la Independencia y aun a la época colonial, pero cuyas causas se profundizan a partir del derrotero que siguió el país durante el siglo XIX.
El contexto de la Independencia
Para entender mejor lo que ocurrió en la mayoría de los nuevos países hispanoamericanos en el siglo XIX es importante profundizar en cómo se gestó y cómo se logró la Independencia.
Y aquí cabe hacernos varias preguntas:
1) Por qué celebramos el 1810 cuando sabemos que la consumación formal de las Independencias de hecho ocurre hasta 1821?
2) Quiénes eran los pobladores de los nuevos países?
3) Qué perseguían los “insurgentes” que lucharon por la emancipación, en términos de proyectos políticos y económicos y en términos de representatividad social?
4) Qué factores internos e internacionales determinaron la lucha independentista y cuáles otros hicieron posible su desenlace?
Las respuestas que encontremos en la historia a estas interrogantes nos van a permitir explicar la evolución del siglo XIX y, para el caso de México, nos darán la guía para entender mejor las causas y el cauce de la revolución que iniciaría 100 años después.
Porqué 1810?
Si consideramos que en la América Latina de hoy hay una distancia de 11,000 kilómetros entre el Río Bravo y el Cabo de Hornos –en 1810 la distancia era aun mayor, pues la Nueva España se extendía hasta el norte de la actual California- no deja de sorprender que en 1810, con diferencia de apenas unos meses, se presentaron reivindicaciones independentistas similares en Caracas (en abril), en Buenos Aires (en mayo), en México (el 15 de septiembre con el Grito del Padre Hidalgo en Dolores) y en Santiago de Chile (el 18 de septiembre).
La intención era la misma, romper con el viejo orden colonial y reivindicar para las poblaciones locales el derecho a la autodeterminación, al disfrute de las riquezas propias y al deseo de integrar nuevas naciones, las naciones criollas.
De San Francisco a la Patagonia habitaban 18 millones de personas, de los cuales
- 8 millones eran indígenas
- 1 millón eran negros traídos de África como esclavos
- 4 millones eran blancos (españoles, franceses, ingleses, alemanes o irlandeses)
- 5 millones eran mestizos, una mezcla de todos, la nueva raza de Iberoamérica.
Un tercio del total eran los pobladores de la Nueva España.
¿Quiénes dirigieron el proceso emancipador?
Básicamente los criollos que defendían su capacidad de gestión, subyugada hasta entonces por la dominación colonial, que se hizo más pesada por las restricciones impuestas por la reformas borbónicas del siglo XVIII y más aun por las exigencias tributarias de una España imperial en decadencia, enfrentada a las potencias ascendentes de Europa –Inglaterra, Francia, Holanda-, que impuso nuevas contribuciones en plata para apoyar a la monarquía derrotada por los Bonaparte.
Hubo otros antecedentes liberadores inmediatos, pero éstos de las clases populares, como el que encabezó Tupac Amaru en Perú en 1780 o la rebelión negra y mulata de Coro en Venezuela en 1795, ambas con reivindicaciones sociales más profundas.
Frente a presiones de arriba y desde abajo, “los criollos, cada vez mas enajenados respecto a la metrópoli española pero también respecto a su propia mayoría nacional, se vieron obligados a tomar la iniciativa antes de que la monarquía o el pueblo se la arrebatasen”. Así, nos dice Carlos Fuentes en “El Espejo Enterrado”, el criollo se vio obligado a encabezar su propia revolución, que sería excluyente tanto del imperialismo español como de la política igualitaria.
¿Cuáles fueron los factores que hicieron triunfar la Independencia?
La historiografía pone el acento en dos aspectos: por un lado, era obvio el desmoronamiento del sistema imperial en la metrópoli española y, por otro lado era también evidente que tres siglos de dominación colonial habían llegado a su límite en términos de explotación y que los pobladores de los virreinatos tenían la madurez suficiente para buscar su autonomía. Los sentimientos nacionales –que no eran nuevos, sino que se habían venido forjando desde antes de la Conquista- estaban allí, como bien los presentó José María Morelos –un jesuita, por cierto- para el caso de México.
Recordemos el contexto internacional de la época.
A finales del siglo XVIII y principios del XIX, varios acontecimientos habrían de influir de manera importante en lo que ocurriría en las colonias americanas, entre ellos:
- Inglaterra se había convertido en la gran potencia marítima y empezaba a sustituir a Holanda como centro comercial y financiero;
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- la Independencia de las 13 colonias que conformarían los Estados Unidos de América en 1776, con su Constitución de avanzada aprobada en 1789; lo cual despertó grandes expectativas entre las ascendientes clases de criollos, los comerciantes y gente con educación superior en las colonias;
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- la Revolución Francesa de 1789, con su profundo bagaje ideológico derivado de la Ilustración; que trajo nuevas fuentes de inspiración a los mismos criollos y a los mestizos emergentes como burócratas, abogados, maestros, estudiantes y hombres de ciencia, que pronto abandonaron la rigidez escolástica tomista y católica y empezaron a cambiar a Tomás de Aquino por Thomas Paine o Thomas Jefferson; a San Agustín por Montesquieu, Voltaire y Rousseau.
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- Fue así como ideas tales como la noción de soberanía, los derechos del hombre, la independencia nacional pronto encontraron numerosos adeptos entre los intelectuales hispanoamericanos.
Otros eventos menos importantes en la escena global pero igualmente relevantes en el acontecer interno de Hispanoamérica fueron
- la expulsión de los jesuitas de España, ocurrida a mediados del XVII, que paradójicamente produjo un efecto mixto: contrario a lo que se perseguía en España –es decir, su conservadurismo- de hecho en América habían sido ellos los principales promotores de las ideas de la ilustración y fueron los que sembraron en nuestras tierras las ideas de independencia y libertad. Varios de estos jesuitas liberales encabezaron las luchas por la emancipación de las colonia, como en el caso del Padre Miguel hidalgo en la Nueva España.
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- Otro evento importante fue la publicación del libro sobre “el Reino de la Nueva España” por Alexander Von Humboldt (que abrió los ojos a los europeos sobre las enormes riqueza que caracterizaban a las colonias en América y también a los americanos al proponer su receta de “menos impuestos, más comercio y mejor gobierno, mejor si se acompañaba de la creación de clases medias”);
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- Recordemos también que en 1805 la armada española fue destruida en Trafalgar, con lo que los futuros movimientos de riquezas americanas hacia Europa iban a depender mayoritariamente de la flota inglesa, que así estuvo en posibilidad de influir en la operación de los puertos, de abrir nuevas rutas y estaciones de comercio e incluso de controlar más adelante las entregas de armas para favorecer a uno u otro bando durante los enfrentamientos por la independencia.
Aunque, en definitiva, el momento que detonó la insurgencia fue la invasión napoleónica de España en 1807, con la consecuente abdicación de la familia real (Carlos III y Fernando VII en Bayona).
Este momento fue decisivo por varias razones. La más importante fue que las colonias se preguntaban. Si ya no existe la monarquía que nos ha gobernado durante tres siglos ¿entonces ya somos libres? Si no hay rey en España, la soberanía se revierte a las colonias? Si no hay un gobierno legítimo en España ¿somos ya independientes?
Las respuestas a estas preguntas fueron varias y cada una va a marcar una vertiente de acción política para los años subsecuentes.
Estaban desde luego los grandes terratenientes y los comandantes españoles, que buscaban perpetuar el estado de cosas de la Colonia; estaba la Iglesia que en sus distintos niveles defendía sus privilegios; había ciertamente una creciente clase comercial que según los vientos podía ser librecambista o sumamente proteccionista; y estaban también los grupos populares, desposeídos, sujetos a relaciones laborales poco favorables a su desarrollo humano.
Todos estos intereses se manifestaron desde luego en el gran debate o la verdadera guerra por la independencia que de hecho se libró entre 1808 y 1821 (1822 para el caso del Brasil). Y es allí donde encontramos las raíces de los movimientos liberales y conservadores que están presentes en nuestro espectro político desde entonces, ya que hubo quienes decidieron mantener el estado de cosas hasta en tanto se restaurara la monarquía a los que se oponían quienes desde ya deseaban empezar a organizar los nuevos estados independientes.
Surgen en este sentido, además de Hidalgo y Morelos en México; Bolívar y San Martín en América del Sur. Esto en cuanto a figuras. Más importantes, creo, fueron las respuestas al nivel de la organización territorial, donde se dio un fenómeno inédito, al mostrarse la capacidad de organización local con base en los cabildos, antecedentes del municipio libre, célula básica de organización de los estados federales en casi toda América Latina.
En efecto, el respaldo en América a la resistencia española, que instala las Cortes en Cádiz y adopta una nueva Constitución aplicable a España y sus colonias, va a detener por varios años los ímpetus liberadores, por la promesa de igualdad de derechos que ofrecía aunque a ello influyo también la permanente acción agresiva de los comandantes españoles que ahora actuaban prácticamente por su cuenta.
(Aquí señalo entre paréntesis que para hacer frente a la resistencia contra Francia, la monarquía española comprometió recursos que pagaría en el largo plazo a Gran Bretaña, desde luego con metales de las colonias y que cuando estas se independizan tuvieron que reconocer como deuda externa, otro aspecto del legado de la época que perduraría hasta nuestros días).
La restauración monárquica vendría en 1814, como resultado de las derrotas de Napoleón ante Rusia, aunque una vez reinstalado en el trono Fernando VII se negó a aceptar la Constitución de Cádiz e instauró un gobierno extremadamente conservador, que sería apoyado por el Congreso de Viena y por lo mismo profundizaría el espíritu independentista hispanoamericano.
Así se llega a 1821, cuando se proclama finalmente la Independencia formal, en un contexto de grandes ideas, de proyectos grandiosos –como la Constitución de Angostura de 1819, que recoge los ideales bolivarianos- pero a los que faltaban los operadores sociales permanentes como podrían ser las clases medias, las instituciones democráticas, la ciudadanía consciente, todas ellas insuficientes o simplemente inexistentes. Surgió así una tendencia que prevalecería por muchos años, la imposición de los caudillos, la preponderancia de los dictadores (“la era de los tiranos” la llama Carlos Fuentes).
Llegó la Independencia de la América Latina y con ella se presenta al mundo una nueva América, conformada por naciones libres y soberanas pero que ahora tratarían de dirigir su propio destino, de crear nuevas formas de organización política, de conducir su producción económica, de impulsar un nuevo desarrollo cultural, y –muy importante- de comunicación y entrelazamiento entre ellas, entre las nuevas naciones.
Y desde luego, hubo quienes, siguiendo las prácticas de la época colonial, pusieron en práctica formas de organización que antes criticaban a la Corona pero que ahora consideraban válidas para el ejercicio del poder en las nuevas naciones, como el centralismo, el otorgamiento de tierras como recompensa de campañas militares, los repartimientos heredados de las encomiendas ahora eran transformados en haciendas, minas o plantaciones serviles.
En este sentido, hay que recordar que el movimiento de independencia no fue un movimiento de distribución, es decir, aunque hablamos de territorios con grandes poblaciones rurales las tierras no se repartieron –solo cambiaron los dueños, grandes terratenientes y la Iglesia- con lo que se mantuvieron casi intactas las relaciones de propiedad y las estructuras de producción, o sea, en buena medida se perpetuaba el carácter semi-feudal de la organización económica y social de la colonia. Con ello se postergaban reivindicaciones que harían explosión posteriormente.
Incluso la elaboración de los nuevos códigos de derecho se hizo ciertamente siguiendo la tradición del derecho romano pero también conservando mucho las prácticas de las Leyes de Indias, que si bien eran socialmente progresistas, básicamente tendían a favorecer nuevos privilegios.
Las contradicciones volvieron a aflorar ahora al interior de los nuevos países americanos y todo el siglo XIX va a ser testigo de inacabables enfrentamientos internos, de búsqueda de la mejor forma de organizarse y, también, de grandes traumas históricos.
Una confrontación permanente entre conservadores y liberales va a ser la constante en el ulterior desarrollo político. Al menos así ocurrió en México, donde vimos inmediatamente después de la Independencia la entronización del Primer Emperador de México, Agustín de Iturbide, que –contrariamente a lo que pudiera pensarse- no reivindicaba la herencia de los antiguos emperadores aztecas sino más bien buscaba imponer reglas imperiales desde adentro de la nueva Nación latinoamericana. Su aventura seria enfrentada con éxito por la proclama de la República Federal que tuvo a Guadalupe Victoria como primer Presidente, felicidad que duró poco tiempo pues a ello seguiría lamentablemente por muchos años el dominio centralista de Antonio López de Santa Anna, quien ejerció la presidencia de México 11 veces entre 1833 y 1854.
Estas que podríamos llamar desviaciones internas se dieron en un periodo en el que los Estados Unidos concentraban sus esfuerzos en su organización como república liberal y en las que sus dirigentes –guiados por su visión de un supuesto Destino Manifiesto- emprendieron una agresiva expansión territorial hacia el sur, hacia el Pacifico y mas allá de sus fronteras terrestres.
La conjugación de este expansionismo y las divisiones internas llevaron a la joven Nación mexicana a sufrir el trauma más grande vivido por los mexicanos al haber perdido más de la mitad de lo que era su territorio, en la guerra de 1848 con Estados Unidos, que después de la separación de Texas significó la pérdida de lo que es ahora California, Arizona, Nuevo México, Colorado, Nevada y parte de Utah.
Santa Anna fue derrocado por una reacción de enojo y podemos decir de dignidad nacional promovida desde el Partido Liberal por un grupo de reformistas encabezados por Benito Juárez, que en busca de crear una nación moderna e independiente separaron al Estado de la Iglesia, confiscaron las vastas propiedades de la iglesia, despojaron a militares y a la aristocracia de sus privilegios jurisdiccionales, establecieron la prioridad del derecho civil y de leyes aplicables a toda la ciudadanía, en suma, sujetaron a todos los grupos al domino del estado nacional y al Estado al dominio de la ley.
Los conservadores se rebelaron y emprendieron la guerra contra Juárez y las leyes de reforma, recurriendo incluso a propiciar la invasión francesa y el establecimiento del fallido Imperio de los Habsburgo con Maximiliano y Carlota, periodo que de nuevo permitió a los mexicanos redescubrir sus fortalezas internas, para vencer a los invasores y abrir un periodo de liberalismo esperanzador en lo político, en lo económico y en lo cívico, con la restauración de la República liberal por Benito Juárez.
Hay que decir que las mismas intervenciones europeas darían a los Estados Unidos la excusa para insistir en la Doctrina Monroe que proclamaba una “América para los Americanos”, que si bien se esgrimió como defensa contra las intervenciones extra-regionales parecía querer tomar la forma de “América para los norteamericanos”, ahora armados de poderosas inversiones.
El último cuarto del siglo XIX va a ser testigo del surgimiento de un nuevo tipo de sociedad, en la que conviven en una extraña paz liberales y conservadores, pero en la que, de México hacia el sur, la América Latina empezó a buscar nuevas formas de desarrollo, impulsando nuevas formas de asociación con otras latitudes, con dirigentes que buscaban integrar a la región a las nuevas tendencias globales mediante el comercio y la inversión extranjera, el impulso de grandes obras de infraestructura.
A Juárez lo sucedería otro presidente liberal, Porfirio Díaz, que se perpetuó en el poder de 1876 a 1910, sacrificando democracia y justicia social al impulsar un modelo de orden y progreso que significaba solamente un desarrollo económico acelerado, con un alto favoritismo a los grupos dominantes y utilizando métodos poco democráticos para lograr las metas económicas y para perpetuarse en el poder.
México vivió sin duda un periodo de auge desarrollista, con el impulso de la inversión extranjera en el petróleo, la producción minera, los ferrocarriles, la apertura de nuevas tierras al cultivo. Por ejemplo, entre 1881 y 1900 se construyeron más de 13,000 kilómetros de vías férreas.
Sin duda, este proceso liberó fuerzas nuevas. Miles de campesinos fueron transformados en trabajadores urbanos e industriales; surgieron nuevas formas de propiedad y de organización; con la urbanización emergió también una nueva clase media, aunque al mismo tiempo se consolidó la clase de terratenientes, comerciantes y políticos. Estos grupo conservadores, inspirados por una interpretación tomista de la evolución, de nuevo se vieron tentados a seguir un modelo inspirador y encontraron como mejor referencia a las tendencias de moda en Francia, referente al que denominaron como “civilizador” pero que implicaba ser excluyente, que al oponer civilización contra barbarie identificaba a los indios y desposeídos como obstáculos al progreso, con lo que se profundizaron las exclusiones y por tanto las contradicciones.
Al excluir los modelos alternativos de civilización esta tendencia generó su propia oposición. Y es allí donde encontramos las raíces de la Revolución Mexicana, un movimiento que en realidad integra a dos revoluciones: una encabezada por dirigentes populares como Emiliano Zapata, que enarbola los sentimientos agraristas de las poblaciones del sur, y Pancho Villa en el norte; y otra que se lucha en las zonas urbanas, dirigida por intelectuales, profesionistas, rancheros, trabajadores industriales y la clase media emergente, que buscaban construir un México moderno, democrático y progresista con un estado nacional fuerte.
Francisco I. Madero representó a las clases medias y la naciente burguesía. Pero su liderazgo no alcanzó a reflejar las aspiraciones de los distintos grupos que se habían rebelado, pues fue eliminado por fuerzas conservadoras. La lucha siguió hasta 1917, cuando se acordó la Constitución de 1917.
La Revolución fue ciertamente un movimiento avasallador que reclama reivindicaciones económicas y sociales pero que, al hacerlo, reivindica también raíces culturales profundas, integradoras de nuestro pasado que, de no aceptarse y reconocer, ponían en peligro la proyección de la Nación hacia el futuro.
La diversidad de reivindicaciones se reflejó en la complejidad de las negociaciones que llevaron precisamente a adoptar esa Constitución que –con enmiendas- sigue vigente hasta nuestros días: una amalgama de proyectos en la que se define desde el concepto de Nación, de soberanía, los derechos individuales, las pautas de la educación nacional, la tenencia de la tierra, las limitaciones a la propiedad, la intervención del Estado en la economía, la organización política y el régimen electoral, las relaciones laborales, las relaciones del estado con las iglesias, los principios de política exterior y muchos otros aspectos que han dado lugar al avance del estado moderno en México.
En este sentido, la Revolución Mexicana fue otra refundación de la Nación. Hablamos de una revolución de a de veras, donde perdieron la vida un millón de personas a lo largo de diez años de enfrentamientos, donde hubo una gran destrucción de riqueza material, pero donde los mexicanos de las distintas regiones se encontraron y empezaron a definir el nuevo perfil de la nacionalidad.
Se trató de un cambio que revoluciona al Estado, a la sociedad, a la política y a los individuos, que a lo largo del siglo XX va a generar nuevas formas de organización política, como los acuerdos entre los miembros de la “familia revolucionaria”; la alternancia en el poder de distintos grupos mediante elecciones ininterrumpidas con la prevalencia electoral de un partido político por más de 70 años; una combinación extraña de federalismo y centralismo; instituciones fuertes, que rescatan el espíritu de nación a través de un sistema educativo nacional; un estado laico al frente de un pueblo eminentemente católico; un impulso permanente del crecimiento económico, con largos periodos de intervención estatal y proteccionismo combinados con tiempos de liberalización y reforma económica, problemas de deuda y crisis recurrentes; con una historia permanente de amor y odio con los Estados Unidos y de búsqueda idílica del sueño bolivariano de integración con el resto de América Latina.
En fin, un proceso histórico de cien años, con resultados evidentes que han llevado a México a ser hoy la 11ª economía en el mundo, 8º exportador, 8º receptor de turismo, un país vinculado con acuerdos de libre comercio con 46 países; socio privilegiado de Estados Unidos con NAFTA; socio estratégico de la Unión Europea y principal impulsor de la Unidad Latinoamericana y del Caribe como ocurrió en la cumbre de la semana pasada en Cancún. Un país que ha aportado la mayoría de la población hispana de los Estados Unidos, que ha dado al mundo 3 premios Nobel, de la Paz, de literatura y de química. En fin una sociedad que busca contribuir en el debate y la solución de los grandes retos de la agenda global.
Pero sobre todo, la revolución mexicana dejo un legado de recuperación cultural, que se va a expresar en la filosofía de José Vasconcelos, en la prosa de Alfonso Reyes, en la música de Carlos Chávez, Silvestre Revueltas, Juan Pablo Moncayo y muchos otros compositores; en las novelas de Mariano Azuela, Juan Rulfo y otros; la poesía de Ramón López Velarde; en la pintura de los muralistas Orozco, Siqueiros, Diego Rivera, o de Frida Kahlo. Más adelante en las obras literarias de Octavio Paz y de Carlos Fuentes y de muchos otros contemporáneos en las distintas facetas de la cultura mexicana.
Con la revolución se recupera la identidad mestiza, base de nuestro orgullo nacional. Volvemos a la exploración de lo antiguo de nuestras raíces prehispánicas y de nuestra herencia colonial en este proceso permanente de construcción de la Nación Mexicana.
Llegamos así al 2010
Este momento nos da la oportunidad de reflexionar sobre lo que somos, lo que hemos hecho bien o mal y lo que tenemos que proyectar hacia el futuro. Y este es el momento de ese debate en el que buscamos
- en lo económico, diseñar los modelos adecuados para el desarrollo equilibrado con sustentabilidad
- en lo social, superar las desigualdades y la pobreza y asegurar el estado de derecho
- en lo político, acrecentar la participación democrática y mejorar la calidad de las instituciones públicas y la seguridad de los ciudadanos
- en lo cultural, cómo seguir enriqueciendo nuestro amplio bagaje y
- en lo internacional, hacer valer nuestro peso específico con responsabilidad en la tomas de decisiones globales y mostrar al resto del mundo una imagen objetiva de la diversidad y el dinamismo de la sociedad mexicana.
Praga, marzo de 2010.
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